
¡Maldito trazo irreverente!, la expresión de un ser humano carcomida por la inestabilidad y el rezago. El delirio de esa ansiosa o destructiva manÃa de pensar consumÃa la vida de mi preciado amigo C. Canterry, un farsante, un apostador, embelesado por el whisky, junto a los aires grotescos de carnaval. Este hombre era un loco mordaz, un extremista. Un lado visceral corrÃa en contra de su pensamiento;
DÃa a dÃa el perfume de las cantinas lo enterraba en un juego de azar, cada vez más ensordecedor. Las monedas iban y venÃan una a una entre tragos y sonrisas malformadas, entre muecas de oscuro sopor. Es verdad: la gente siempre reÃa a más no poder en los lugares de la vida nocturna, pero, si de sonrisas se hablaba, la de C. Canterry era las más horrendas. Su semblante caucásico se encuadraba de tal forma que en la expresión, sus ojos verdes, según recuerdo, le temblaban con ahÃnco irracional; después, la sonrisa se distorsionaba en la más enferma de las carcajadas. SEGUIR LEYENDO ….








































