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Crecer entre fantasmas no es cosa de risa. Mucho menos cuando en los primeros años de la niñez uno se tiene que enfrentar a ese cosquilleo que entra por la planta de los pies y se riega como un choque eléctrico que recorre de abajo a arriba la espina dorsal. Si alguien me preguntara ahora qué se siente el miedo, yo contestaría con esas mismas palabras: un frío por cada vértebra de la espina dorsal.

Ese mismo pellizco de electricidad en la espalda lo siento desde muy niña y lo tengo perfectamente ubicado en tiempo y contexto: la vieja casa de mi abuela. ¿La causa? un fantasma que mis tíos y mi abuelo llamaron cariñosamente “El Cuatito”.

(I) En la casona

La casa de mis abuelos, en una colonia popular de la ciudad de México, debieron haberla comprado por ahí de los 50’s. De mala planeación, sin arquitectura y con remedos de cuartos que se añadían conforme crecía la familia o las familias que en ella habitaban, la casona se llenaba de tíos, nueras y nietos todo el fin de semana. Fue ahí cuando comenzó todo.

En esa casa donde predominaba la oscuridad, lo distinto era que tenía el baño separado de la casa, como si se tratara de una habitación a parte. Al fondo vivía una tía, recién casada. Subiendo las escaleras, vivía otra de mis tías y sus dos hijos. Mis abuelos habitaban la parte grande de la casa y aún había dos tíos varones solteros viviendo con ellos.

Lo que más sobresalía de la casa de los abuelos era una enorme escalera sin barandal. Peligrosa para nuestros tiempos, pero que en la lejana infancia era la favorita para jugar con los primos a “las traes” (tag, para los que no entiendan). Esa escalera también era el atajo para llegar a la cocina, pasando por una pequeña ventana. Eso sí, siempre teniendo cuidado de que no cayéramos en las ollas de guisos hirviendo que estaba justo debajo de ese punto de fuga.

Entre pláticas de primos, en espera de que los padres hicieran menos duradero el suplicio de estancia con los abuelos, fue cuando comencé a enterarme de la existencia de una misteriosa sombra.

Mi hermano fue el que comenzó. Y yo, a mis ocho años, no daba crédito de lo que estaba relatando…

(II) La sombra de sombrero…

“La otra noche, que me quedé con mi abuelito”, comenzó el relato mi hermano mayor, “tenía ganas de ir al baño. Desperté a Nino (un primo de mi edad) y a mi tío Jorge, pero nadie me quiso acompañar. Todo estaba oscuro y me fui al pasillo. Creo que me fui con los ojos cerrados, de todos modos no se veía nada, sólo el brillo de la luna alumbraba la escalera”.

De ahí, mi hermano bajó descalzo por la peligrosa y empinada escalera y dice que vio cómo pasó alguien: “¿Jorge?”, dijo mi hermano esperando que alguien respondiera. “¿Tío Pedro?”, insistió, pero nadie contestó.

Mi hermano dice que iba a media escalera y volteó hacia abajo, al patio. En el centro del patio, de entre las sombras, había algo que se medio movía, pero él entre el sueño, la incertidumbre y las ganas de ir al baño, no lograba enfocar bien y de pronto se detuvo, pensó y dijo: “¿abuelito?”.

Un “clank, clank, clank” que se iba aproximando dejó inmóvil a mi hermano. Estaba a la mitad de la escalera, cuando la sombra se posó justo en el medio del patio.

“Tenía un sombrero, como de charro”, siguió contándonos mi hermano, “tenía un moño (corbata) que le tapaba la cara, traía traje, espuelas y un sarape”.

“¡Utttts!, pero cuando no me contestó y me dí cuenta que la sombra era mucho más delgado que mi abuelito, me regresé corriendo a la recámara con Nino y no volví a salir. ¡Hasta se me quitaron las ganas de ir al baño!”.

Al día siguiente, entre la incertidumbre de lo real y la ficción o un posible sueño, mi hermano preguntó en el desayuno: “Jorge, qué payaso, ¿por qué no me contestaste anoche?, ¿y qué estabas haciendo vestido así?”.

-”¿Así cómo?”, le preguntó mi tío Jorge.

-”Así como de charro. Y no fuiste bueno para contestarme”.

-”¡Uhmmm!, chavo. Yo anoche no me levanté para nada”.

-”¿Eras tú abuelito?”. Trató de confirmar mi hermano.

-”¡’Stás loco! Qué iba a estar vestido así anoche. Si viste cuando nos fuimos todos a dormir. ¡Qué espuelas ni que nada!”.

Mi tío Pedro, el más tranquilo de la familia conjeturó: “Se me hace que a tí ya se te apareció ‘El Cuatito’, ¿en dónde lo viste sobrino?”.

-”En medio del patio”.

-”¿En la luz?, ¿en medio?”, dijo confirmando mi tío Jorge, “¡Ya ves papá, ahí es donde está. Hay que quitar el piso, ya te lo dije. Se volvió a parar ‘El Cuatito’ en medio del círculo que se hizo en el patio. ¡Ahí está el dinero!”.

Y si no lo hubiera dicho, jamás me hubiera enterado por qué justo en el patio, se había formado una grieta que había roto la loza y se formaba un círculo grande, perfecto, como si lo hubieran trazado, el mismo que presentaba un hundimiento hacia el centro y en el que pasábamos horas jugando con canicas, carritos y todo lo que pudiera rodar sin empujarlo hacia el centro del patio.

Está de más agregar cuál era nuestro centro de reunión favorito entre los primos y lo que sirvió de tribuna durante este relato. Como resorte, todos nos levantamos y echamos a correr, para implorar y convencer (infructuosamente) a nuestros padres, de que era hora de ir a casa.

Norma A. Gómez | Univision Online



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AUTOR: Matias Padilla
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